La casa era un caos. Olivia estaba sorprendida por la magnitud de la decoración; Julieta no escatimaba cuando se trataba de sus bisnietos. Esos niños siempre habían sido su adoración, y a Ricardo lo llevaba grabado en el corazón.
—Sé que mi abuela puede dar miedo —dijo Rafael, observando a Julieta ordenar todo con energía.
Ambos estaban sentados en una de las mesas, un poco apartados del bullicio. La silla de ruedas de Rafael por fin había llegado y él no perdió el tiempo para montarse en ella, aunque la enfermera le había advertido que, por ahora, solo podía usarla una hora como máximo.
—Piensa en todo —afirmó Olivia mientras inflaba algunos globos. Tenía las mejillas coloradas por el esfuerzo, algo que a Rafael le causaba gracia.
—Ricardo estará muy contento. Además, es una fiesta sorpresa; Catalina lo traerá dentro de unas horas.
—Tu hermana no es como pensaba… —soltó Olivia de repente.
—¿Cómo?
—No tengo por qué ocultarte que me trató mal cuando me presenté gritando a los cuatro vi