CAPITULO XXX

El sonido de los pasos de Chase en el pasillo exterior retumbaba como tambores de guerra. Me miré al espejo del recibidor una última vez; mis pupilas estaban dilatadas por el miedo, pero mi rostro permanecía impasible, una máscara de porcelana que había tardado diez años en perfeccionar.

—¡Chase! Qué sorpresa tan matutina —dije, abriendo la puerta con una sonrisa ensayada.

Él entró con la arrogancia de quien se sabe dueño del lugar. Dejó una bolsa de café y una caja de pastelería sobre la mesa
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