Capítulo cuarenta y dos.
Dante.
Desesperado…
Esa era la palabra correcta, había miles de imágenes golpeando mi cabeza, eran quizá recuerdos, quizá sueños, pesadillas. No sabría decirlo con seguridad.
Sentí que era arrastrado una y otra vez a lo más profundo del mar y era la única cosa que se repetía como un mantra.
Un vehículo doble dirigiéndose a mí, y luego nada…
—Dante, cariño, despierta, por favor, despierta.
La voz desesperada de Antonella me obligaba a salir de aquel mundo de oscuridad, sin embargo, no me dejaba