Capítulo cuarenta y nueve.
La rana se convirtió en príncipe
Antonella
Había vivido las horas más angustiantes de mi vida, pero tener los labios de Dante sobre los míos llevaron paz a mi corazón. Habían sido tantos días separados, tantos días de silencio entre nosotros.
—Te amo, mi sirena de Amalfi —susurró pegando su frente a la mía.
Me estremecí al sentir sus manos deslizarse por mi cuerpo hasta posarlas sobre mi pequeño vientre. Nuestra pequeña Ranita se movió inquieta, como si supiera que eran las manos de su padre.