Asher apenas podía sostenerse en pie; sus manos temblaban al cargar ese frágil pedacito de vida que parecía mirarlo con la inocencia de un amanecer. Una sonrisa rota se formó en sus labios mientras avanzaba hasta Aurora.
—Mira… —susurró con ternura, inclinándose hacia ella—. Nuestra hija…
Aurora giró el rostro. Su mirada solo transmitía rencor y la derrota, se clavaron en el vacío.
—No… —escupió con frialdad—. No la quiero. Ya le dije a la enfermera que la sacara de aquí. Déjenme en paz.
Asher,