—No entiendo por qué no puedo ir contigo, aquella también es mi casa —decía Jaya mientras perseguía a su marido, quien transitaba por el pasillo de habitaciones del enorme piso que compartían en la capital inglesa, dirigiéndose a la sala, listo para salir.
Jaya ralentizó el paso cuando vio a uno de los hombres de Karim de pie en medio del salón de estar; era el mismo sujeto que fumaba a cada rato y que ahora se encargaba de cuidarla a ella.
—¿Qué hace él aquí?
—No preguntes estupideces, Jaya.