Lyra
Mis hijos todavía estaban un poco asustados y no comprendían por qué nos íbamos de la ciudad, pero al menos ya no lloraban e incluso se relajaron tanto como para dormirse. Ekaterina no dejaba de mirar por la ventana y suspiraba a cada rato. Seguía sin estar completamente segura de la decisión que estaba tomando, pero no se arrepentiría. Retroceder ahora implicaba un riesgo enorme para el posible hijo que esperaba.
—Estaremos bien —le dije, a pesar de no estar segura.
—Eso espero —susurró—.