Cuando el hombre vio que se trataba de Daisy, estuvo a punto de quedarse sin aliento.
—¿Y-ya… sabes lo que…?
—¿Lo que ibas a hacer? —lo interrumpió Daisy con un tono helado—. Sé lo suficiente. Y lo que aún no sé depende de cuánto quieras confesar.
—¡Diré todo, lo juro! —balbuceó el tipo, todavía mareado por el golpe—. ¡Nada es más importante que mi pellejo!
—Vaya, pues empieza. —Daisy lo miró con desdén.
—Hoy en la mañana apareció una mujer, muy elegante, con sombrero y mascarilla… Me pidió que