El salón de la casa de sus padres parecía haberse congelado en el tiempo, como un diorama perfecto de disfuncionalidad familiar. La acusación de la madre de Olivia, cargada de veneno y parcialidad, colgaba en el aire como un gas tóxico. Pero Olivia no se inmutó. No hubo un parpadeo, ni un temblor en los labios, ni el más mínimo destello de dolor en sus ojos. Había cruzado un umbral emocional; la fuente del dolor materno se había secado por completo, dejando atrás solo el frío y duro lecho de ro