El auditorio principal del Centro de Convenciones de Zürich era una caverna de luz fría y madera de arce claro. Olía a café caro, a perfume discreto y a la ambición aguda de quinientas personas vestidas con la elegancia severa del poder tecnológico. En el escenario, bajo un haz de luz perfectamente calculado, el Doctor Alistair Vance, de Kronos Holdings, desgranaba con una sonrisa de patriarca benévolo las maravillas de la "biorremediación neuronal". Sus palabras, suaves y persuasivas, hablaban