204: El Peso del Mercurio PT. II
La bodega blindada olía a tierra, a roble añejo y ahora, a sudor y desinfectante. El mercenario estaba sentado en una silla de metal, atado de manos y pies con cables de titanio que ni un hombre normal podría soñar con romper. Había recuperado la conciencia, y sus ojos, a través del pasamontañas ahora enrollado en su cuello, seguían siendo duros, pero una fisura de incertidumbre se abría en ellos al ver entrar a Samuel.
Samuel no llevaba armas. Solo llevaba la tablet. Se sentó frente a él, en s