La caída de Beatriz fue rápida y total. La columna de Mercer había actuado como un disolvente químico, erosionando la fachada de respetabilidad que con tanto cuidado había construido. Su nombre se convirtió en un anatema en los círculos que una vez codició. Su marido, enfrentado al escándalo y a la presión de sus socios, le presentó discretamente los papeles del divorcio. La "vida perfecta" en Ginebra se desvaneció como humo, dejándola sola, desacreditada y consumida por un rencor que ya no pod