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En el hospital, Kian salió de la habitación y enseguida notó a Laura, de pie en un rincón del pasillo, ensimismada en sus pensamientos. Él avanzó con el ceño fruncido, sacó una cajetilla y encendió un cigarro con un chasquido.
—¿Sigue inconsciente el señor Álvaro? —preguntó Laura, alzando la vista.
—No… ¡Maldita sea, Laura! Fue un error hacerte caso. Tendría que haber matado a Gabriela con un tiro en aquel momento. A lo sumo, cuando el joven amo despertara, que me liquidara a mí. ¡Cualquier