Mientras tanto, Fernanda llegó a su casa con un humor de perros. Una empleada doméstica se arrodilló para ayudarla a quitarse los zapatos, pero, presa de los nervios, rozó el empeine de Fernanda. Ella frunció el ceño con desagrado y la pateó:
—¡Torpe! ¡Ni para cambiarme el calzado sirves!
—Disculpe, señorita, tendré más cuidado la próxima vez… —suplicó la joven.
Ese ruego solo enojó más a Fernanda:
—¡Mayordomo! ¡Llévatela de aquí!
El mayordomo acudió apresurado y ordenó a dos personas retirar a