Ante el silencio, Álvaro, mordiéndose la lengua con frustración, avanzó con decisión y la empujó contra la pared, sosteniéndola de los brazos. Sus ojos enrojecidos por lágrimas contenidas la escrutaban.
—¡Contesta! —le exigió con un nudo de furia en la garganta.
La mirada de Gabriela se posó en él, pero su mente se llenó de recuerdos de Emiliano, de esos instantes en la isla, libres de toda amenaza. El temblor en su voz resultó incontrolable cuando por fin habló:
—¿Por qué? —murmuró, con lágrima