El corazón de Gabriela se hizo añicos. Desde ese momento, comprendió por fin que Álvaro jamás sería Emiliano, por más que ella se esforzara. Emiliano siempre la amaría. Álvaro, en cambio, no.
—¿Te pasa algo? —preguntó él, al notar el leve temblor en la mirada de Gabriela. Se acercó y le rozó la mejilla con la palma de la mano, con ternura—. ¿No te gusta este lugar?
Álvaro conocía, en cierto modo, las preferencias de Gabriela. Por ejemplo, al reformar aquella hacienda en Francia, se guio totalmen