Álvaro era el mismo de siempre en esto: posesivo y determinado. Cada vez que la deseaba, no paraba hasta saciarse por completo. Gabriela lo había comprobado en más de una ocasión, incluso en aquel camerino del teatro.
Sin embargo, aquel día, él se tomó la molestia de esperar algo de iniciativa por parte de ella. Sus labios se deslizaron detrás de la oreja de Gabriela, donde sabía que era particularmente sensible. Su voz, algo ronca, fue susurrando su nombre, «Gabriela», y llamándola «mi amor» en