Gabriela pasó un buen rato en aquel pequeño patio, respondiendo uno a uno los mensajes que se habían acumulado durante el día.
La que más había escrito era Marcela, despotricando sin cesar contra su nuevo primer bailarín y rogándole a Gabriela que fuera cuanto antes a rescatarla de su suplicio.
Al terminar de atender todos esos textos, Gabriela sintió que su estado de ánimo mejoraba un poco.
Se puso en pie y regresó al interior.
Nada más entrar en la sala principal, Oliver, que aguardaba allí, se levantó de inmediato:
—Tu abuela ha tenido algunas palpitaciones; tomó la medicación y se acostó —comentó él con voz amable—. Gracias por cubrirla antes y evitarle la quemadura…
—Fui yo quien volcó la tetera —atajó Gabriela con frialdad.
Oliver guardó un instante de silencio. Toda su vida había sido una figura de autoridad, y ahora, en su vejez, se veía obligado a hacer reverencias ante su propia nieta política.
—Todo lo que te he contado hoy es verdad. Deseo que me creas, —dijo, con un tono h