—Olvídalo. Es algo que ya no me importa, —murmuró, y dio un paso para marcharse.
Pero Álvaro reaccionó rodeándola desde atrás con sus brazos, reteniéndola con fuerza contra su pecho.
—No digas que no te importa, —susurró, con la cara hundida en el hueco de su cuello, en un tono que sonaba a ruego—. No puedes dejar de importarme…
Si a uno no le importara, sería porque el amor se había apagado.
—Suéltame, —dijo Gabriela, intentando zafarse.
Sin embargo, él la sujetó aún más, con la voz hecha añico