—Gabriela, te amo —dijo Álvaro, mirándola a los ojos. Las lágrimas rodaban por su rostro, y su voz temblaba.
El corazón de Gabriela pareció encogerse en un puño invisible.
—Álvaro, ¡reacciona! —Gabriela se incorporó como pudo, se arrodilló en la cama y le agarró los hombros, sacudiéndolo con fuerza—. Eso que dije fue para burlarme de ti y de Noelia, ¡no para que tomes al pie de la letra lo de aceptar un hijo ajeno!
—Estoy muy consciente, más que nunca —respondió Álvaro, con una determinación inq