Remy se encogió sobre sí mismo, temblando.
Sus vigilantes lo obligaron a sentarse en una silla desvencijada.
—¡¿Dónde estamos?! Yo… yo tengo enfermedades contagiosas. Mis riñones no sirven, ¡de verdad! —exclamó Remy, temblando como una hoja mientras miraba a ambos lados, buscando ayuda.
Los dos hombres actuaron como si no escucharan.
Cada uno mantenía una mano firme sobre sus hombros, inmovilizándolo.
***
Después de dos horas en auto, Gabriela llegó al hospital, donde Soren la estaba esperando.