29. VISITA A LA CASA DEL LAGO

La petición del abuelo me sorprende, dejándome sin palabras. Mi mirada se encuentra con la de Alessandro, buscando alguna señal, algún indicio de lo que debo hacer. Pero, como siempre, su expresión inexpresiva no me ofrece respuestas. Doy dos pasos hasta colocarme delante de él; después de todo, soy doctora y ayudo a los pacientes en el hospital, tengo experiencia.  

—Sí, como no, abuelo —digo enseguida, dispuesta a ayudarlo—. Venga, hágalo muy despacio, deje que las piernas se acostumbren a su peso. Eso es, así, espere un momento. Apóyese en nosotros. ¡Bravo! No están tan débiles sus piernas.  

—Él hace terapia todos los días, no camina porque no quiere —me informa el señor Minetti.  

—Pues conmigo deberá hacerlo. No pienso pasear sola por este lugar —me mira sonriente y echa a andar sin
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