DOMENICO BANE
El mensaje de Valentina brilló en la pantalla de mi celular e, inmediatamente, una sonrisa se apoderó de mi rostro.
Fui al bar de mi penthouse, puse dos hielos en un vaso y me serví un trago generoso de whisky. Me quedé recargado en la barra, observando las luces de la ciudad, solo esperando a que mi amada viniera a mí por voluntad propia.
Cerca de tres tragos y cuarenta minutos después, el elevador se abrió. Valentina dio un paso hacia afuera. Llevaba un abrigo largo sobre la rop