RUBI MONTENEGROLlevaba dos meses viviendo en aquella mansión como un fantasma. Había aprendido el arte de ser invisible, exactamente como Ares exigió. A pesar de recibir una mesada generosa, mis días transcurrían en los rincones donde sabía que él jamás pisaría: la biblioteca de mi ala y el jardín de la parte trasera de la casa.Al principio, fui tonta. Intenté ser amable. Recuerdo la primera semana, cuando me lo crucé en el pasillo y sonreí, deseándole un "buenos días". Ares ni siquiera dejó de caminar. Solo dijo: "Estás en mi camino. Muévete."Después de que situaciones como esa se repitieran, entendí el mensaje. Si escuchaba sus pasos en el pasillo, me escondía. Si él estaba en la sala de estar, yo me quedaba en mi habitación.Mi ropa, antes ajustada, ahora empezaba a quedarme un poco más holgada. No porque estuviera a dieta, sino porque la tristeza tenía un sabor amargo que me quitaba el apetito. La comida, que siempre fue mi refugio y mi abrazo, ahora parecía no tener sabor. Com
Leer más