VALENTINA ROSS
Los dedos calientes de Domenico se cerraron alrededor de mi muñeca. En lugar de guiarme hacia la puerta de su habitación, el camino que yo ya conocía de memoria, me jaló en la dirección opuesta.
Caminamos por un largo pasillo de aquel gigantesco penthouse, una parte de la casa que nunca antes había explorado.
Al final del pasillo, Domenico se detuvo frente a dos puertas. Empujó las perillas y las puertas se abrieron.
Cuando di el primer paso hacia adentro, mis piernas flaquearon