ARES BECKETT
Estaba firmando y finalizando el último trabajo del día. Mi mente ya estaba en casa, calculando cuánto tardaría Rubi en llegar del estudio para poder tenerla entre mis brazos de nuevo.
El tono de mi celular rompió el silencio de la oficina de la presidencia. El identificador de llamadas mostraba el número de uno de los guardaespaldas del equipo discreto que había asignado para seguir a mi esposa a una distancia prudente. Ella no sabía de ellos, por supuesto, pero jamás dejaría que