RUBI MONTENEGRO
Encarar a Camila de esa forma... destruida, desesperada y, aun así, exigiéndome cosas con su vieja arrogancia disfrazada, fue una experiencia liberadora y asquerosa al mismo tiempo. La tristeza que sentí no era por ella, sino por la constatación definitiva del tipo de monstruos con los que había crecido.
— Eres una descarada, Camila. — Ella dejó de sollozar por un segundo, con los ojos muy abiertos, sorprendida de que yo no hubiera corrido a abrir los portones para consolarla. —