RUBI MONTENEGRO
El asfalto frío bajo mis rodillas raspaba mi piel, pero lo único que lograba sentir era el miedo asfixiándome. La sangre caliente de Ares escurría entre mis dedos, manchando mis manos, extendiéndose por la acera en un charco oscuro y aterrador.
— ¡Ares, mírame! ¡Quédate conmigo, por favor! — gritaba a pesar de que ya se había desmayado; las lágrimas empañaban mi visión mientras presionaba la herida en su espalda con todas mis fuerzas.
Estaba terriblemente pálido. Los ojos oscuro