VALENTINA ROSS
El pisapapeles golpeó contra la puerta con un ruido sordo, antes de caer inofensivamente en la alfombra de mi oficina. Estaba temblando, de pura, ciega y absoluta rabia.
Domenico Bane era el hombre más arrogante, manipulador e infantil que había tenido el disgusto de conocer.
¿Acaso creía que su frialdad me haría arrastrarme rogando por migajas de su atención? Estaba muy equivocado. Si su ego era del tamaño de un rascacielos, mi orgullo también lo era.
No voy a bajar la cabeza, n