RUBI MONTENEGRO
La primera noche en la Unidad de Cuidados Intensivos fue un infierno en la Tierra. El sonido rítmico y constante de los aparatos que mantenían vivo a Ares era lo único que bloqueaba el silencio de la habitación fría y blanca.
Sentada en un sillón incómodo, me negaba a soltar su mano. Ares estaba pálido, con el pecho subiendo y bajando de forma mecánica con la ayuda de los respiradores. Verlo así, tan vulnerable e inmóvil, hacía que mi corazón doliera físicamente a cada segundo.