CAPÍTULO — EL DÍA EN QUE TODO ARDE
El tribunal no era un edificio esa mañana, sino una herida abierta en el centro de la ciudad. Los escalones de mármol parecían más altos de lo normal, como si cada persona que los subía llevase consigo el peso de sus propios pecados, y la luz que entraba por los ventanales antiguos no iluminaba, sino que cortaba los rostros, las sombras y los nervios como una cuchilla blanca e implacable.
El aire no olía a justicia.
Olía a guerra.
Victoria Montaldo lo supo inc