Olivia
La mañana amaneció con un resplandor cálido entrando por las ventanas de nuestra habitación. Los rayos del sol jugaban sobre las sábanas blancas, envolviéndome en una sensación de paz y felicidad.
Volteé a mirar a Enzo, mi esposo, cuyos ojos reflejaban el mismo brillo dorado que se colaba a través de las cortinas. Aquel momento se sentía como sacado de una película: el silencio de la casa, interrumpido solo por nuestras risas y susurros, nos ofrecía un refugio del caos que solía rodearn