Capítulo 59. El deseo no basta
Verónica cerró la puerta del baño con cuidado, como si temiera que el ruido la delatara.
La luz era tenue, pero suficiente para ver su reflejo: el vestido estaba arrugado, su cabello revuelto, los labios aún hinchados por los besos y su piel sobrecalentada.
Se acercó al espejo, y se enfrentó a sí misma.
Apoyó las manos en el lavamanos y miró su reflejo.
—Querías esto —susurró—. No como reproche, no valía la pena hacerlo, pero sí como recordatorio. Ahora no era una niña y aunque creyó