Apenas avancé un par de pasos cuando una mano, dura como una trampa de acero, me apresó la muñeca.
Una voz conocida —áspera y chillona— tronó a mis espaldas: era mi madre.
—¡Diana, eres un engendro maldito! No pudiste salvar a tu propio cachorro y ahora vienes a perjudicar a tu hermana, ¿eh?
En su grito vibraba una furia descarnada: —Le costó tanto darle un cachorro a su nueva familia, y tú eliges justo hoy para armar escándalo. ¿Cuánta venenosidad cabe en tu corazón?
—¡Hace tiempo rompimos nues