Capítulo 8
El rostro de Rose se volvió ceniciento; los labios le temblaron mientras intentaba abrir la boca para justificarse.

Pero sus suegros no eran ingenuos; hacía tiempo que percibían algo extraño.

Su nerviosismo—sumado a mi comentario cargado de intención—había echado raíces de sospecha.

—Rose, este cachorrito… ¿es realmente de tu sangre? —preguntó la suegra, ceño fruncido y tono grave.

—¡Claro que lo parí yo! ¡Mamá, cómo puede dudar de mí!

La voz de Rose se quebró; apretó al cachorro contra su pecho
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