El rostro de Rose se volvió ceniciento; los labios le temblaron mientras intentaba abrir la boca para justificarse.
Pero sus suegros no eran ingenuos; hacía tiempo que percibían algo extraño.
Su nerviosismo—sumado a mi comentario cargado de intención—había echado raíces de sospecha.
—Rose, este cachorrito… ¿es realmente de tu sangre? —preguntó la suegra, ceño fruncido y tono grave.
—¡Claro que lo parí yo! ¡Mamá, cómo puede dudar de mí!
La voz de Rose se quebró; apretó al cachorro contra su pecho