Sin escapatoria.

—¿Y bien? —Inquirió Edward sin dejar de acariciar las mejillas de su hija.

La única de ojos azules que se parecía a Anya, al menos en el color de sus ojos.

Anya soltó una carcajada irónica, más que irónica, aterrada.

—¿Qué tan idiota crees que puedo ser? —Preguntó capciosa—. ¡Yo nunca volvería con un monstruo como tú! Eres un ser despreciable que lo único que merece es la muerte.

Edward soltó un suspiro silencioso y se apartó de la cuna de los trillizos.

—Deberías pensar bien antes de hablar, n
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