Pelirroja sin nombre.

La tinta del lapicero manchaba sus dedos, pero Alan no se dio cuenta.

Estaba concentrado, una vez más, en las sombras de un rostro que ya conocía de memoria; la curva delicada de los labios, la línea alta de los pómulos, los ojos grises más grandes que había visto, esos que con cierto cansancio lo miraban iluminados.

La pelirroja.

Eso era todo lo que sabía de ella, ni siquiera conocía su nombre, su historia, o porqué, siendo tan elegante y con ese porte millonario, terminó viviendo en los sub
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