Pelirroja pincelada.
El pincel se deslizaba sobre el lienzo como si supiera qué no debía tocar. Alan no hablaba, tampoco Stella. El sonido de la lluvia golpeando el cristal, y el roce de las cerdas acariciando la tela, eran los únicos sonidos en la habitación.
Stella permanecía sentada en el sillón rojo, envuelta en la bata, con las piernas cruzadas y el cabello cayéndole libre sobre los hombros. Al principio había posado con cierta intención. Luego solo se quedó quieta. Mirando un punto muerto de la ventana.
De ve