Niña consentida.
La tarde había caído sobre la mansión Castelli, mientras Anya y su madre se ponían al corriente sobre sus vidas mientras estuvieron separadas.
Las ventanas abiertas dejaban entrar una brisa suave que arrastraba el perfume de las flores del jardín, mientras las cortinas de encaje se mecían suavemente, como si escucharan la conversación íntima que se desarrollaba entre madre e hija.
En la habitación infantil que una vez fue de Anya (ahora decorada provisionalmente para los trillizos) el silenci