60. Narra Anastasia
El eco de mis propios pasos resonaba en el piso de baldosas del complejo deportivo del campus, un recordatorio constante de que la tranquilidad que tanto me había costado construir era un territorio que debía defender cada día. Miré el reloj de pulsera: las nueve de la noche. La mayoría de las oficinas administrativas estaban a oscuras y silenciosas, pero en la mía la luz seguía encendida, arrojando un haz dorado sobre los informes pendientes para el fin de semana.
Me detuve frente a la puerta