59. Narra Maverick
El domingo amaneció plomizo, con un cielo gris y pesado que parecía aplastar las calles de Manhattan bajo una llovizna fina y persistente. Llevaba horas encerrado en la mansión, ahogándome en el silencio de un hogar que nunca fue real, soportando la presencia lejana y calculadora de Dakota como un recordatorio constante de mi propia estupidez. Necesitaba verla. Necesitaba comprobar con mis propios ojos que ella seguía ahí, que el destello de su rechazo en el penthouse no era una sentencia defin