En cuanto entró al estudio, Emilia cerró con llave. La computadora no tenía contraseña; empezó a revisar carpetas sin parar, buscando el acceso a las cámaras.
“¿Dónde están? ¿Dónde…?”
Estaba por perder la paciencia cuando, en la pantalla negra, se reflejó una silueta detrás de ella.
—¡Ay!
Emilia giró en seco y se le doblaron las piernas.
Dylan la miró, entornó los ojos y sonrió despacio.
—¿Qué buscas?
—N-nada.
Él se agachó y la encaró, muy cerca. En sus recuerdos, Emilia había sido dulce y buena