Al oírla, Dylan se quedó pálido.
En todos esos años, nunca supo que María no era alérgica al mango. Ella lo dejó de comer solo porque él no podía.
María se llevó el pastel de mango a la boca, bocado tras bocado. Saboreó el dulzor; se le iluminaron los ojos y miró a Pedro.
—Este pastel de mango está delicioso.
Pedro inclinó la cabeza con una sonrisa cómplice.
—Si te gusta, come otro.
María miró los demás postres, indecisa.
—Pero los otros también se ven riquísimos.
Los quería todos.
Pedro no dudó