No era porque llevaba el uniforme azul claro de la detención.
Ni porque no estaba maquillada.
Era porque en sus ojos había una chispa de dureza que antes no existía.
Luis la miró y dijo suavemente:
—Has cambiado mucho.
Dulcinea se sentó frente a él, observándolo también, viendo su apariencia pálida y vendada. En sus labios apareció una leve sonrisa sarcástica:
—Esa Dulcinea murió en Bariloche… tú me convertiste en esto, tú mataste a Leandro, tú mataste a su esposa.
—¿Me odias?
—Sí, ¡te odio!
…
L