Con una voz más suave, preguntó:
—¿Es para mí?
Antes de que Dulcinea pudiera responder, él añadió:
—No hace falta que te molestes. Comprar ropa hecha es mucho más fácil.
Dulcinea se sentó.
Su rostro estaba pálido. Tomó la lana de sus manos y acarició los hilos suaves con sus delicados dedos, con un aire de melancolía.
Finalmente, susurró:
—Es para Leonardo.
El rostro de Luis se tensó. Después de un largo momento, su expresión se suavizó un poco y esbozó una sonrisa forzada:
—Claro, ¿para quién m