Sabía que Ana nunca la perdonaría. Pero Ana había sido lo suficientemente amable como para no llevarla a la cárcel… tal vez porque en el pasado la llamaba «tía Isabel».
En la oscuridad de la noche, dentro de una lujosa autocaravana, Isabel rompió a llorar. Mario, desde el escalón, observaba en silencio el vehículo. Al notar que no arrancaba, supuso que Isabel debía estar afligida, así que decidió no acercarse a consolarla…
Al regresar a casa, pensó que todos llevamos heridas en el corazón que na