Ella observó a Carmen a través del espejo retrovisor y le ofreció una sonrisa tenue.
Un cuarto de hora después, el auto se adentró lentamente en el acceso privado de una zona residencial. Casi al llegar a la entrada de la villa, divisaron a lo lejos un Land Rover negro estacionado, junto al cual se encontraba un hombre alto.
Ana reconoció de inmediato que era Alberto y aunque no dijo nada, su rostro se suavizó ligeramente.
Carmen no pudo reprimirse:
—¡Aún tiene el descaro de aparecer! Nos ha ca