Observaba en silencio a Leandro, quien, a pesar de las heridas, mantenía un aire distinguido y atractivo.
Luis esbozó una leve sonrisa, saboreando las palabras:
—¿Tomados de la mano? ¿Qué mano agarraste?
Ya de pie, tomó el bate de béisbol con decisión.
Leandro levantó la mirada, fijando sus ojos en el hombre que tenía enfrente; todavía no podía creer que aquel fuera el esposo de Dulcinea… Dulcinea, tan delicada y frágil, contrastaba con su esposo, de naturaleza brutal.
Leandro apretó los diente