Con voz suave, Ana le indicó al conductor:
—Detén el auto aquí.
El conductor frenó y se orilló, girando con una expresión de confusión:
—¿Qué pasa, señora Fernández?
Con una calma imperturbable, Ana respondió:
—Necesito caminar un poco. Puedes irte, yo me arreglo sola.
El conductor miró por el retrovisor, percibiendo que el paisaje había despertado recuerdos en ella, y comentó con naturalidad:
—Parece que quiere revivir viejos tiempos en este lugar. Esperaré aquí.
Ana esbozó una sonrisa forzada: