Ella intentó liberarse, pero la fuerza de Mario era sorprendente. Sus oscuros ojos la perforaban con una intensidad casi palpable…
Ana no estaba segura de si Mario estaba desequilibrado.
Por fin, él la soltó ligeramente, no solo liberándola sino también disculpándose con formalidad:
—Perdóname, señora Fernández. Perdí el control.
Ana, temblando, luchaba por mantenerse en pie.
Justo entonces, su celular sonó…
Miró de reojo a Mario, sacó el teléfono de su bolsa y, para su sorpresa, era Pablo quien